Anunciantes

logocorafi200p.jpg
Domingo, 25 de Diciembre de 2011 13:12

Mire en la trinchera de México No. 4

por  Bernardo Carriedo Saenz
Vota este artículo
(1 Voto)

Los principios de México en Santo Domingo

Cuando la Tercera Reunión del Consejo Consultivo Interamericano de Jurisconsultos, celebrada en nuestra capital durante las últimas semanas del pasado mes de enero y primeros de febrero, se presentó a votación el proyecto que fue aprobado con el título de “Principios de México sobre el Régimen Jurídico del Mar”, las abstenciones y el voto en contra, de los Estados Unidos, implicaron una especie de apelación a la Conferencia Especializada, que se había de celebrar en Santo Domingo, conforme a la resolución formada en la Interamericana de Caracas, del año 1954.

Con ello se daba a entender que la competencia sobre las cuestiones jurisdiccionales de la superficie del mar, de la masa líquida y de la plataforma continental, podían recibir en la reunión de México el asesoramiento oficial del organismo más llamado a prestarle, pero no una solución ni un acuerdo definitivos, que estaban reservados a la Junta Especializada.

En efecto, esta cuestión ha caminado de mesa en mesa, desde 1950, cuando la primera reunión del Consejo Consultivo, en Río de Janeiro, despertó el tema y le encomendó al Comité Jurídico Interamericano-organismo también  adjunto a la Organización de Estados Americanos, el que se elaboró un proyecto de Convención, que en 1952 fue considerado todavía poco maduro. De aquí precisamente nació sin duda por la importancia y delicadeza del tema, la idea de la Conferencia Especializada, sin que ello fuera obstáculo para que, como preliminar de discusiones y acuerdos, entrara a formar parte del programa de estudio de la reunión de Jurisconsultos.

Es de notar que lo que puede llamarse, con toda razón, el derecho americano se ha venido elaborando en un ambiente característico de armonía, en aras del cual las más importantes controversias han perdido siempre su actitud y hasta han sacrificado sus parcialidades temáticas, buscando fórmulas transacionales, cuando éstas son posibles, y hasta dejando en pie los mismos problemas, cuando no los son. Esta tradición, que había de tomarse muy en cuenta en la mayor libertad propia de una junta asesora, como fue la de México, resaltaría aún más en la más autorizada, en un punto a decisiones, de Santo Domingo. Y la verdad no ha sido otra más que esa.

Desde México, y más aún, desde el lejano Río de Janeiro, se comprendió por todos que aún estamos muy lejos de llegar a los términos de una resolución acorde, que sea el principio y la entrada de la respectiva legislación continental. Una gran mayoría de países americanos optan decididamente por considerar anticuada y sin valor alguno la regla de las tres millas de superficie marina, como ámbito jurisdiccional; diferenciándose notablemente en los límites de ampliación, desde las doscientas que señalaban los países sudamericanos del Pacífico, con Costa Rica y El Salvador, hasta la dilatación de la plataforma continental, por la que abogaron, que con abundancia de razones por demás convincentes, nuestros jurisconsultos.

Este punto de vista- el de los nuestros-ahondó más en el problema y le trasladó de las rizadas superficies azules a las riquezas, tanto animales, como vegetales y minerales, que hay  en la masa y en el “fondo jurisdiccional” de los mares ribereños. La plataforma de tierra firme, que va descendiendo entre las aguas, ya en corte abrupto, ya en praderías más dilatadas, guarda muchos secretos y muchos tesoros, que a la mano del hombre, cuando le es necesario, no le es difícil arrancar.

Precisamente en estos terrenos es donde están las formaciones geológicas más propicias a los mantos petrolíferos y sobre superficies acuosas es donde se levantan las más ambiciosas torres del oro negro.

De aquí, las proyecciones económicas de la cuestión en debate, tan importantes como las de la misma soberanía –derecho en pugna, mientras se pule, con el derecho de la libertad de los mares- y que exigen la ampliación de jurisdicciones más imperiosamente aunque el orden del tráfico marítimo y el respeto que se debe a los pabellones nacionales. Si ésta última consideración , traducida en precauciones de defensa tomadas en momento de peligro – casos de guerra- hizo espléndida y casi sin límites- trescientas millas-la institución de los mares territoriales americanos; la consideración de una innegable belicosidad económica fue juzgada como muy oportuna para juzgar jurisdicciones más extensas, desde cualquier ángulo que se las prefijara, ya fuera extensión territorial- que es el más obvio, indicado y también el más difícil- ya fuera algún otro punto de referencia de los muchos que tiene una circunscripción económica sometida a una fórmula de derecho.

Y la más extensa jurisdicción, sin llegar a ser un acuerdo, quedó sin embargo en el tapete  como libertad opcional y prudente de cada uno de los países. Esto es, indudablemente, una solución tan solo negativa, que no puede ser la última. Como se expresaron en México  los delegados de Panamá y del Brasil, a la hora de la mencionada votación, la fijación de los mares territoriales no puede quedar definitivamente a merced de señalamientos propios e individuales, sino que debe entrar en un acuerdo colectivo, de positivos relieves, que impida la colisión de derechos y la concurrencia simultánea de jurisdicciones en un mismo lugar: la jurisdicción que dimana de la libertad de los mares.

Pero entretanto que esta urgencia presiona en el sentido favorable, por una parte a lo que llamaríamos “hinterlands” marítimos, y por otra a la decisión de la mayoría de los Estados Americanos- una mayoría que suponemos que ya tiene personalidad-, los mismos términos de la cuestión, expuestos en forma conclusiva en los “Principios de México”, son un avance muy notable, al mismo tiempo que la fuente de un derecho provisional, así sea éste insostenible. Es decir, que hoy están en su derecho quienes contemplan como suyo aquello que la plataforma continental sostiene y guarda, de la misma forma que también creen no ser piratas los que operan más allá del estricto límite de las tres millas.

A más no se pudo llegar, ni en México, ni es Santo Domingo. Los estudios y conclusiones de carácter técnico, a que se llegó con gran competencia en la Junta de esta última ciudad, han facilitado más el camino para llegar al acuerdo que no se esperaba: el mar costanero tiene todas las características que distinguen a los sujetos jurisdiccionales, sin faltarle de la propia limitación de sus recursos en medio de su grande y apetecible abundancia.

De nuevo se reiteraron las exposiciones y argumentos que tanto éxito obtuvieron en la jurídica reunión. No se puede decir de ella que le faltasen facultades, como se podía decir de la Junta de México. Lo que sí se puede decir, siempre en aras de la precitada armonía continental, es que su indecisión y su falta de resoluciones positivas corre parejas con la vaguedad de la convocatoria de 1954, donde se hablaba de “estudiar en conjunto los distintos aspectos del régimen jurídico y económico de la plataforma submarina, de las aguas del mar, y de sus riquezas naturales, a la luz de los conocimientos científicos actuales”.

Y si en la convocatoria no hubo más categórica precisión, no era de esperarse que la hubiera en los acuerdos finales. Pero los “Principios de México”, insertados en las actas, han dejado a lo largo de nuestras costas la afirmación de un derecho, que no por carecer de la correlativa obligación por parte de los demás, deja de der respetable Jurídicamente esto es muy difícil de entender: pero así han sido muchos procesos de formación, en los que interviene conjuntamente la política y la economía, que son el fondo enmarcado por la fuerza de las disposiciones legales.

En nuestro Continente ni las antinomias jurídicas provocan situaciones desesperadas.

La prueba de Santo Domingo, cediendo los más ante los menos, no puede ser más elocuente. Y es de creer que éste sea un reciproco trato.

Bernardo Carriedo Saenz

Bernardo Carriedo Saenz

Nostalgia

Sitio web: editorial

Dejar comentario

Asegúrate de ingress la información solicitada en los campos marcados con (*).
Puedes utilizer código HTML básico en la composición de tus comentarios.
Las opiniones vertidas por los lectores no son responsabilidad del staff de la Revista Mire Online.

Anunciantes

stcderematelogo.jpg