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En la primera entrega sobre este asunto expuse un paquete de reflexiones sobre el modelo de promocionales cortos -los famosos spots-, diseñados con lógica publicitaria y utilizados por partidos y candidatos en cada proceso electoral, como un importante vehículo para obtener el voto de los ciudadanos. El meollo del asunto, decíamos, es que ese formato promueve un tratamiento de las opciones políticas en competencia similar al de posicionar marcas o vender papas fritas.

 

No acudo a la descalificación fácil de “la política”, así en genérico. Yo creo en el sistema de partidos y así como lamento sus acciones en muchos temas, también conozco propuestas serias de algunos, por ejemplo, veo estatutos en los que se reivindica la equidad de género y se abre la puerta para acciones afirmativas que obligan a representar a indígenas y jóvenes en sus candidaturas, veo también decisiones históricas en el terreno legislativo como la propia reforma electoral que extirpó en buena medida la privatización del acceso a radio y televisión en los comicios, aunque nada de eso lo infiero como postura o propuesta a partir de  lo que difunden los partidos en sus spots de campaña.

 

No se trata de buscar un modelo de promocionales sólo con “propuestas”, posturas y logros. En democracia la crítica y exhibición de conductas inmorales o ineficaces de los gobiernos y representantes populares permite también evaluar el rumbo, sin que eso sea equiparable al montaje de escarnios injustificados, o denigración y calumnia calculada no en función de brindar información real, sino de dañar la imagen del adversario a cualquier costo, sin importar que se mienta, con tal de ganarle una rebanada de poder.

 

El primer paso para transitar a elecciones que de verdad permitan tener a la vista las ofertas concretas de gobierno y los compromisos legislativos, es reconocer que no habrá mejores contenidos de las campañas si no existen mejores formatos para exponerlos.

 

Antes con dinero de por medio (o sea, peor que ahora) y hoy a partir de una fragmentación y distribución proporcional de los tiempos del Estado en radio y televisión, el spot reduce la oportunidad de expresar ideas, a sólo frases ocurrentes, golpes denigratorios,  jingles, lemas y actuaciones especiales de luchadores, artistas o medallistas olímpicos. Veamos.

 

Con la actuaciones estelar…

En el año 2000, Juan Gabriel cantaba que “ni Temoc, ni Chente … ni el PRD ni el PAN, el PRI es el que va a ganar”. No se trataba de un militante demostrando su simpatía partidista ni tampoco de un promocional que permitiera valorar ninguna propuesta o crítica seria. De hecho, concluida aquella campaña, se supo que el cantante tenía adeudos fiscales que no fueron perseguidos en el sexenio priísta de Ernesto Zedillo como sí lo fueron en el del panista Vicente Fox. Saque usted sus conclusiones.

 

En esa misma elección, Chespirito apareció en otro spot pidiendo el voto por Fox, igual que la actriz Kate del Castillo. Ambos se veían convencidos del candidato, pero en ninguno de los casos, el spot respectivo aportó una propuesta o idea específica de gobierno que permitiera a la audiencia informarse para ejercer su voto.

 

“Quiero que sepas que a mí nadie me pagó por decir esto”, afirmaba del Castillo en su spot, pero no sabemos si Chespirito o los futbolistas Kikín Fonseca y Alberto García Aspe, igual que la actriz, eran entonces simpatizantes panistas o sólo personajes ocasionales para un anuncio. Es difícil atinarle porque ni siquiera ellos lo aclararon en la pantalla, como tampoco lo hizo el ex portero de la selección mexicana Jorge Campos, quien apenas en 2010 salía en un spot junto a Joan Sebastian y Enrique Peña pidiendo el voto por el priista Manuel Añorve en Guerrero, mientras que en 2005 Campos hizo lo propio en otro promocional para impulsar la política del saliente gobernador perredista, Zeferino Torre Blanca, en torno al conflicto por la polémica presa “La Parota”.

 

Durante las campañas de 2009,  Chantal Andere promovía en spots  al Partido Convergencia (hoy Movimiento Ciudadano), sin especificar a la audiencia que ella no es militante, sólo una actriz dándole voz e imagen a un guión, que terminaba con el jingle “naranja, naranja”.

 

Un ejemplo por demás emblemático de estas tendencias que se cargan a lo publicitario antes que a brindar información para la deliberación política, lo vimos cuando el actor Raúl Araiza, también en los comicios de 2009,  era  la imagen del Partido Verde.

 

El actor fue entrevistado a propósito de sus aparentes convicciones políticas en la revista Tv y Novelas, con spots ilegales en los que esa supuesta charla –después se demostró que era una inserción pagada- se difundía en televisión como si la revista estuviera promocionando un contenido más para que la compraran, sin reparar en que la difusión seguía al aire mientras la edición que circulaba en los puestos de periódicos ya era otra.

 

Al respecto, el 25 de junio de 2009, el actor dijo en otra entrevista -ésta sí real- transmitida en un programa de espectáculos de MVS, que él no estaba de acuerdo con la “pena de muerte”, una de las propuestas legislativas que defendía en los spots del partido. Pero fue más allá, dijo que salía en los promocionales porque lo escogieron después de un “focus group” y un “casting”. Se trataba de una actuación “como si me hubiera escogido Coca cola o Marinela”, y remató con que él ni siquiera acostumbraba votar en las elecciones: “Mejor voto en la casilla por nadie (…) mi presidente nunca lo quitan, es el señor Azcárraga”, dijo en entrevista con Susana Moscatel.

 

Si algo nos ha enseñado el nuevo modelo de comunicación político electoral, es que los ciudadanos sí han visto o escuchado los spots, es decir, no es un problema de exposición en medios, sino ausencia de condiciones para que esa exposición lleve ofertas políticas y no ocurrencias con música de fondo.

 

Poco después de la elección federal de 2009, acudí a la arena México para a ver como “El Místico” se lucía con lances frente al Negro Casas. El famoso luchador había sido imagen, junto con la medallista y hoy diputada Iridia Salazar, de algunos promocionales del PAN. Esos spots ya eran muy conocidos, fueron vistos de forma eficaz por mucha gente. Así se acreditaba ante mi incredulidad mientras cientos de personas desde las gradas coreaban o abucheaban a la porra ruda que gritaba en cada vuelo del astro mexicano “pinche panista”. Un documentalista de la BBC grababa aquella función en la fila de adelante, y con un español decente preguntó “¿Qué gritan? ¿Por qué se ríen?”. Lo que ocurre es sale en los spots del IFE, le contesté. No creo que me haya entendido, pero de igual forma expresó un “ah” como si la duda hubiese quedado disipada.

    

¿Cómo garantizar mejores contenidos en los spots? De entrada, incluyendo una leyenda en cada promocional que aclare si hay en él actores o militantes, y sin duda, ampliando su tiempo para incentivar el desarrollo de más ideas y menos jingles, de más propuestas y menos lemas, de candidatos en pantalla que expongan de viva voz sus ofertas y no de actuaciones disfrazadas de militancia.

 

Tentaciones

Se han presentado interesantes propuestas para ajustar el formato corto. El 28 de febrero del año pasado un grupo de políticos, escritores e intelectuales, coincidieron en la necesidad de terminar con “la dictadura del spot”, y transitar a segmentos más amplios en los que en verdad puedan exponerse propuestas que permitan a los electores tomar una decisión informada.

 

En ese grupo plural coexiste la firma de un promotor de la restricción constitucional a comprar tiempos en radio y televisión, como José Woldenberg, con la de impulsores  de la libre contratación como Héctor Aguilar Camín.

 

Sería improbable que el mismo senado de la república que voto la reforma electoral de 2007 ahora diera marcha atrás. Eso da tranquilidad a quienes vemos, como sucedió con el movimiento del “voto nulo” en 2009, potenciales tentaciones de los detractores de la reforma electoral para reprivatizar las campañas montándose en un reclamo viable y adecuado para dejarnos de actuaciones y pasar al debate de ideas. A esas sí, les pueden poner toda la música e iluminación que quieran, porque nadie podrá escuchar sólo una.

 

*El texto se publicó originalmente en la revista Zócalo, número 134 (Abril de 2011). El autor es asesor en el Instituto Federal Electoral, sus opiniones son a título personal.

Publicado en Medios y Democracia

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