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Lunes, 21 de Noviembre de 2011 17:44

"Taras" de la Revolución

Hace 99 años estalló la Revolución Mexicana, lucha político-social armada para derrocar a la dictadura de Porfirio Díaz, derivada de la agudización de las contradicciones sociales entre las masas populares, profundamente agraviadas, y los 800 terratenientes del porfiriato (la plutocracia de la época).

Gesta de los desposeídos -el “pueblo bueno”, dicen burlonamente ahora algunos “pontífices” y “vacas sagradas” del periodismo oficialista- que fue obra material principalmente de los campesinos e indígenas (la peonada) oprimidos por aquél régimen inmovilista y abusivo, por cierto semejante, en su cariz elitista, al también oligárquico y plutocrático –con disfraz de “democrático”- gobierno neoconservador actual.

Demasiado se ha escrito -y tergiversado también- en los tiempos que corren sobre lo que ahora distintos intelectuales e ideólogos – si cabe el término-neoconservadores llaman las “taras” y los “mitos” del primer gran movimiento social del siglo XX.

Lo cierto es que los orígenes de la Revolución de 1910 devienen de la enorme desigualdad e injusticia social generadas por el sistema económico lacerantemente clasista y semi-feudal de la época, como también del ofensivo autoritarismo de la dictadura porfirista y la represión brutal de los movimientos indígenas, campesinos, obreros y mineros.

Además de la peonada “acasillada” en las haciendas del porfiriato, formaron parte activa del movimiento armado los humillados “payos”- criollos de clase baja rural empobrecidos-, los despreciados “patanes” –trabajadores mestizos urbanos y mineros maltratados por los plutócratas de la época-, y hasta los temidos “bandidos”, abigeos y “salteadores de caminos”.

“El payo –escribía un clérigo conservador anónimo en el siglo XIX- alega caridad, fraternidad, igualdad, contra todo orden justo, recto, y santificado, para que lo de abajo suba arriba, y lo de arriba caiga al suelo; y lo más salado del payo es: que para ese trastorno, piensa que lo apadrina la sabia Constitución...”.

“Payos”, “patanes”, “bandidos”, “salteadores de caminos” y “medio pelo” son términos despectivos y peyorativos que en el siglo XIX y en las primeras décadas del XX eran comúnmente usados -para escarnecer a la gente de “clase baja” y desprestigiar el movimiento social- por la clase terrateniente y conservadora de antaño: bisabuelos y abuelos de los hogaño detentadores dominantes, igual de la riqueza económica que del poder político en México.

Los conservadores contemporáneos, desde luego, se han propuesto “reescribir la historia”. Su todavía incipiente y ramplón movimiento “intelectual” para “desmitificar” la historia de México y “desacralizar” a los héroes del “príato”, pretende a su vez proscribir del análisis sociopolítico e histórico las categorías “derecha”, “izquierda”, “liberales”, “conservadores” y “nacionalismo revolucionario”, por constituir términos “anacrónicos” e “ideológicos” que ya no reflejan la realidad de los actuales gobiernos de “centro” en el posmoderno entorno sociopolítico: plural, multiétnico, poliárquico (el poder de la presidencia convive con el de los gobernadores y el del poder legislativo) y multiclasista (se ha extendido y diversificado la estratificación social, diluyendo el fenómeno de la lucha de clases “como motor de la historia”).

Esa clase económica y política que había sido arrinconada por la Revolución en el siglo XX, en la nueva centuria -ya como clase gobernante- pugna por derribar los “lastres” constitucionales, como los artículos Tercero, 123 y 27, que para los neoconservadores significan verdaderas “taras” y “mitos” de la “falaz ideología” del “nacionalismo revolucionario”.

Y es que en nuestros días detentan el poder político y económico, aquellos que en sus cenáculos cerrados cuestionaron el cardenismo y la reforma agraria; los que siguen considerando un “mito” la expropiación petrolera.

Son los mismos que, si de ellos dependiera, privatizarían lo que queda de las empresas públicas y la seguridad social, al tiempo que entregarían, sin ninguna condición, al capital privado “nacional” y extranjero la electricidad, el agua y la riqueza petrolera.

Ese binomio de fuerzas políticas y económicas plutocráticas que, si pudiera, eliminaría las prestaciones sociales y las pensiones justas para los obreros y empleados, privatizaría los servicios de salud, abandonaría a su suerte a las universidades públicas, restituiría la educación religiosa y restringiría un sinnúmero de libertades políticas de corte liberal, ganadas a pulso por los movimientos ciudadanos democráticos – principalmente de la izquierda- de las tres últimas décadas.

Casi un siglo después, ante la gravedad de las malas condiciones sociales, económicas y de inseguridad a que nos han conducido en la presente década los gobiernos de la derecha retrógrada, nos acercamos a un escenario donde una nueva revolución violenta es indeseable y debería ser impensable, pero un cambio profundo (sistémico) de nuestras instituciones caducas y corruptas es necesario y debería ser prioritario para evitar otro “estallido” social...

*Este artículo fue escrito el 19 de noviembre de 2009, y publicado originalmente en el periódico Victoria de Durango, el día 20 del mismo mes y año.

 

 

 

Publicado en Política

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